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Francisco Pablos

MUNDO autóctono aderezado de fantasía, Quizá Castelao, cuando inventó ese género literario indefinible que son sus “Cousas”, algo así como anécdotas trascendidas, ya sabía que Chesterton dijo que la realidad era un lujo, pero la fantasía, una necesidad.

Y es que José Antonio FONDEVILA, a quien acaso ni siquiera su apellido resulta necesario para identificarle en cada cuadro que pinta, es un artista que ironiza fantaseando, si bien obliga al espectador a reflexionar, ya que en cada asunto suyo va implícita la moraleja.

Además, ha incorporado considerables dosis de surrealismo, que no en balde es plástico de nuestro tiempo, con la mente abierta a corrientes estéticas que son huella profunda en el arte contemporáneo, mas sin olvidar sus raíces gallegas. Su esencial e irrenunciable decir sin concretar, sugiriendo más de lo que aparenta. Así, sus cuadros precisan de espectadores inteligentes si en verdad quieren llegar al fondo de su intención, arropada de alegre levedad, de ritmos dinámicos y evasivos; de un oficio que se impone y hasta avasalla, algo que nunca le sobra a la pintura si ha de ser perdurable.

En muy poco tiempo, poco más de una década en quien no cuenta más que cinco cumplidas de edad, ha paseado su obra por Galicia consiguiendo que su nombre se imponga, por diferente y peculiar, en el panorama, tan amplio y rico, de la pintura actual del país. Es un inventor de mundos posibles desde la imposibilidad aceptable de que sus criaturas vuelen o sean ingrávidas, caricaturizando a los rotundos personajes que arranca a la imaginación aderezándolos de ternura, inclusive cuando la agresividad del motivo está patente. Son como goyescos proverbios redivivos, multicromáticos, pululando en ámbitos indefinidos, como siderales.

Los rostros se elementalizan o se multiplican, y en los títulos que da a sus obras está la clave de su intención aleccionadora, crítica de vanas ambiciones, fustigadora de abusos sociales, alentadora de esperanzas.

Uno es el pintor, aunque diferentes sean los soportes de sus obras, a veces la pulida superficie del táblex y otras el lienzo tradicional, sobre el que ensaya la cocina de su paleta, jugosa, exultante de azules y dorados, inscribiendo criaturas inacabadas deliberadamente, a modo de alumbramientos prematuros para razonar en el sueño.

La noche es mágica y se transforma en alba urgente, con siluetas que elevan la luna como un trofeo o permanecen aún encerradas en la redoma del ensayo. Es decir, que bullen en el proceso creativo y quieren llegar a personalizarse, como demandaban las seis criaturas que así se comportaban con su autor, Pirandello.

Pesa La carga del aldeano caminante, pero la aligera una mariposa que en su rotundidad descansa un instante. Abraza el lío desordenado quien ha conseguido atrapar sus recuerdos.

FONDEVILA es, en fin, un gran mentiroso que dice verdades enormes a quien con él quiera tocar su peculiar melodía, que deja en el espacio retazos de siluetas, rugosidades, huellas imprecisables.

Pintura, pues, que partiendo de la anécdota, alcanza la categoría de perdurable. Y que es, además, pintura bien hecha, sabiamente elaborada. La de un artista que ama lo que pinta.

Francisco Pablos. Crítico de arte.

(A.E.CA) de la Real Academia de Bellas Artes.


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Mª del Carmen Gago Florenti

Enfrentarse desde un punto de vista crítico a la obra de Fondevila, es adentrarse en un bosque de sensaciones donde cada sendero nos muestra las luces y sombras propias del contexto en el que se enmarcan todos y cada uno de los temas que componen esta muestra.
Resulta muy elocuente el título genérico de la presente exposición porque, ¿cuál es ese color con el que Fondevila observa el entorno tras el cristal de su atenta mirada? Si tenemos en cuenta su apasionada visión sobre el mundo que le rodea, parece inevitable el enfrentamiento con todo lo que de análisis tiene el comportamiento humano que directa o indirectamente influye en el devenir del planeta. Y aunque con su introspección pictórica parece –por su discreción- pasar de puntillas, nada más lejos de ello. Incide en cada propuesta sin ningún tipo de ambages ni falsas premisas; pero a sus conclusiones aporta todo lo positivo que da la reflexión íntima de una conciencia abierta hacia horizontes más amplios.

Comentar cada cuadro nos llevaría a la realización de un ejercicio casi interminable, porque es tan intensa, por lo sugerente, la carga histórica de su contenido, que podría desarrollarse todo un tratado de filosofía existencialista –como él mismo la define-. Expresionista, simbólica, y llena de matices, toda la composición de la obra de Fondevila es como una búsqueda constante de los valores perdidos, olvidados o sencillamente inevitables a los que diariamente se enfrenta cualquier tipo de sociedad.

Desde el punto de vista puramente pictórico, en este artista se observa la indagación permanente por alcanzar de forma premeditada o no, el color del éxtasis, cuando a través de la simple observación vemos que en el cromatismo envolvente, cada rasgo y matiz no podrían ser de otro modo, ya que todo es perfectamente acorde para dar la visión exacta del conjunto. La fuerza expresiva de sus pinceladas indica hasta qué punto resulta indisociable con la cultura visual de la época que le está tocando vivir. Hay una mueca emotiva del gesto fatigado, de la tensión interna de sus personajes para conservar el rigor de la composición en su trasfondo más íntimo.

¿Podría por todo ello ser Fondevila un pintor vanguardista? Es posible; puesto que en cierto modo no se ajusta a cánones predeterminados. Impresionismo, expresionismo abstracto o figurativo y hasta un algo de surrealismo, entroncado con el concepto existencial, en donde la exaltación del individualismo se reafirma con la angustia de ser, adquiriendo de este modo la necesidad de un compromiso formal con su propio discernimiento. No desea someterse a ningún control de la razón o de la estética dogmática y bien como expresión de la rebelión individual o de la emanación de una difusión más sutil del ser en el cosmos, esta actitud ante la pintura podría corresponder al estado sociológico del medio. Una obra de arte así, se convierte de este modo en un todo coherente y unitario a base de tensiones profundas, extrayendo de lo real su fundamentalidad esencial; el sentido de una necesidad rítmica cuya congruencia da al cuadro su verdadero significado.

Toda su pintura, por tanto, se definiría como una especie de “campo de silencios” (haciendo alusión a uno de sus títulos) porque cada enfrentamiento con esa realidad nos conduce a la reflexión callada que a veces da la conciencia maltrecha. Apenas las palabras producen manifestaciones que no sean monosilábicas y es que adentro queda el amplio discurso sin más eco que el del pensamiento culpable.

Nada es indiferente en el quehacer de Fondevila y esta muestra no es más que el claro exponente de todo lo dicho. Observarla con atención debería ser una tarea necesaria para el enriquecimiento de nuestro interior.

Mª del Carmen Gago Florenti. Crítico de arte.

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Mercedes Rozas

Hace años que Fondevila lleva construyendo sus propios sueños con la pintura, en una trayectoria personal que se ha ido devanando gracias a la capacidad del autor de imbuir presencias cercanas, motivos inmediatos extraídos de un caudal informativo que le preocupa y que denuncia a través de su obra. Para ello argumenta cada uno de sus cuadros con estrategias ilusionistas, que, sin disimular la apropiación de la realidad, habitan en el espíritu de la fantasía.

La crónica de sus personajes discurre pertrechada en la inconformidad, manifestándose con ironía y en una denuncia constante. Aquí la creación se emplea como arma, como medio para esgrimir un mensaje más o menos explícito. En muchas ocasiones las palabras acompañan a las imágenes, acentuando la intención del artista; títulos y representaciones van, entonces, unidos, aunque las segundas sean suficientemente evidentes en su comunicación. Encabezamientos como Triturador de voluntades, El llanto de las flores, En el origen del odio o Monstruos de la opresión no hacen, sino, más que reforzar el pretexto de esta pintura.

Las propuestas de Fondevila desvelan formalmente una aproximación al costumbrismo de Torres y Colmeiro, una tradición que pesa aportando una visión figurativa, dando rostro a los protagonistas y precisando actitudes. Pero, aunque se entreven alientos del arte de aquellos maestros, en sus creaciones se impulsa, al mismo tiempo, un estímulo que tiene que ver más con lo onírico que con el universo realista, produciéndose una asociación inevitable con el surrealismo cuando se encaran composiciones con personajes levitando o con el simbolismo cuando se evidencian elementos, idealistas y suficientemente sígnicos, que refuerzan las razones plásticas del pintor de Lalín. Asimismo, en estas composiciones existe un espacio vinculado al gesto de la abstracción, efectismos que discurren apoyados por la espontaneidad de las manchas y el ritmo del color. Los fondos se fabrican de estas expresiones informalistas.

El arte se asienta en un territorio de libertad, donde moran los sueños y las obsesiones, las verdades y la utopías; de otra forma, no sería arte. Es esa fuente espiritual la que ha llevado a Fondevila a desafiar retos comprometidos, haciendo que la identidad de su pintura provoque, en quien la contemple, reflexiones.

Mercedes Rozas. Crítico de arte.

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Josep Lluis Ponce i Guitart

La Pintura de Fondevila, puede entenderse como una síntesis de elementos filosóficos, estudiados en su más mínimo detalle, que conjuga con la más absoluta contemporaneidad. ¿El resultado?: la perfección aristotélica con manifestación isotérica, aplicada con valentía, tanto en la composición como en la figura, en su representación simbólica. Una producción pictórica que libera y condensa la tensión, basada en la transparencia opaca, la superficie, el fondo, el dinamismo y la dureza del mensaje, plasmada en el lienzo con textura fina, con una tendencia a subrayar el elemento elegido, con énfasis en las sugerencias, con propuesta ideológica. En sus composiciones, muestra una habilidad sugerente y especial, impregnada de efecto y ternura. Su seguridad al mover el pincel, muestra su total maestría que ofrece sosiego estético, que desea mantener siempre el mismo ritmo, donde no falta la realidad social, de un mundo globalizado, relacionado estrechamente, con la efectividad embriagadora. Es pues un Pintor delicado, pero seguro de si mismo, que hinca con fuerza la paleta y encamina su Obra hacia la poesía.


Josep Lluís Ponce i Guitart
Crítico de Arte



Nota: Crítica publicada en la Guía de Arte “Genios y Figuras” de Ediciones Ecuador. Año 2007

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